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La vida de las Hermanas de la Caridad Cristiana se puede definir
desde la Eucaristía. Dice la Madre Paulina: “El
Santísimo Sacramento es mi vida, mi felicidad, a Él
le debo la gracia de mi vocación” (Carta a Luisa
Hensel, julio1840). Contemplando a Jesús Eucaristía
y dejándonos transformar por su Palabra hacemos presente
el amor de Dios en el mundo.
La vida de oración ocupa un lugar central en nuestra Vida
Religiosa. “Siempre mirar a Jesús, interior y
exteriormente. Jesús en todo su ser: pensamientos, palabras
y obras. En todo lo que sucede durante el día siempre la
mirada en Jesús” (Madre Paulina, Carta a la
Hna. Josefa, junio 1854). La contemplación del Rostro de
Cristo nos va configurando con Él para ser memoria viviente
de su modo de ser y actuar. Cumpliendo nuestra misión con
alegría, fruto del trato íntimo con Dios en el Santísimo
Sacramento, y afabilidad, que brota del amor al prójimo,
llevamos la luz del Evangelio a todos los que nos son confiados,
especialmente a los más débiles y a aquellos que
han perdido la esperanza y la alegría.
Por la vivencia de las virtudes de la sencillez y de la humildad,
que caracterizaron la profunda espiritualidad de la Madre Paulina,
procuramos cada día, abrirnos más y más a
la gracia de Dios y nos disponemos a dejarnos guiar por la voluntad
de Dios en todo. “El Señor necesita almas sencillas.
Solamente a éstas les comunica los misterios de su Reino”
(Madre Paulina, Retiro 1842, T. 23).
El amor a Cristo es para nosotras inseparable de un profundo
amor a María. “María, Virgen Santa, tú
iluminas nuestra senda con tu hermoso ejemplo. Ruega a Dios que
me dé la gracia de seguir en tus santas huellas, para que
pueda ser la esclava del Señor y se haga en mi según
su Palabra” (Madre Paulina, Retiro 1843). La contemplación
del misterio de María, especialmente de su Inmaculada Concepción,
llevó a la Madre Paulina a imitarla en su apertura a la
gracia de Dios y en su fidelidad a su Palabra. Fue el mismo Papa,
Pío IX, quien dio a nuestra Congregación el nombre
de Hermanas de la Caridad Cristiana Hijas de la Bienaventurada
Virgen María de la Inmaculada Concepción. El 8 de
diciembre celebramos cada año nuestra Fiesta Patronal renovando
nuestra consagración a María y nuestro compromiso
de vivir como Ella el FIAT y el MAGNIFICAT.
Nuestro amor a Cristo y a María es también inseparable
de un profundo amor a la Iglesia. “El me conceda la
gracia de aumentar siempre el esplendor y la belleza de su amadísima
Esposa, la Iglesia; de concentrar toda mi atención en amarla
y no cesar jamás de amarla; de trabajar por ella hasta
que muera, dejando el éxito completamente en manos de Dios,
sin apartarme del bien conocido como tal; de comenzar la obra
siempre de nuevo, con valor, a pesar de haber fracasado cien veces;
de no abandonar la obra de Dios hasta que sucumba con ella”
(Madre Paulina, Retiro 1845). La fidelidad a las enseñanzas
de la Iglesia y una adhesión cordial e incondicional al
Santo Padre nos caracterizan.
Esta espiritualidad la vivimos como Religiosas haciendo la profesión
de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia
viviendo en comunidad. A través de los votos nos ofrecemos
totalmente a Dios y nos dedicamos exclusivamente al crecimiento
del Reino. Nuestra vida en comunidad es un signo de la presencia
del amor del Padre al hombre de hoy que, sediento y hambriento
de amor, reclama nuestra entrega en un servicio alegre y humilde
para sanar sus heridas.
Compartimos nuestro carisma de una manera especial con los Laicos
Asociados. Ellos se comprometen a vivir la vida cristiana con
profundidad y se enriquecen con nuestra espiritualidad al mismo
tiempo que realizan distintas obras apostólicas y caritativas
junto con nosotras.
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